Cinc Cims 2011.- La crónica

  Ante todo tengo que decir que la caminata fue muy bonita, la señalización perfecta, la organización casi lo mismo, los avituallamientos bien dotados, con

variedad de líquidos y sólidos, l@s controlador@s acogiéndonos con simpatía y animando  e interesándose por el estado de cada uno. De verdad, muy bien.
  Pero…. yo hubiera preferido que se mantuviera el recorrido de otras ocasiones, con algún quilómetro más pero con otros alicientes para aquellos senderistas que, como yo, tratan de conjugar el hacer ejercicio con el disfrute de la naturaleza y el paisaje. Y es que pasar por Can Cases de Castellvi, aunque no sea una masía de las más rústicas y atractivas, hacía que el recorrido fuera más ameno, sobre todo después de sufrir el asfalto de la urbanización de la Creu. Y dejar de lado Sant Ponç, el lugar más emblemático de Corbera (sí, ya se que pertenece a Cervelló, pero, insisto, el lugar más emblemático de Corbera) pues me parece un error. Claro que los senderistas de Corbera pasamos por allí varias veces al año, pero los que vinieron de fuera con motivo de la caminata han perdido la ocasión de contemplar de cerca esta joya del románico lombardo que, incrustada como está entre pinos y olivos, solitaria, da otro toque a la caminata y, además, permite unas preciosas fotos de recuerdo.
  Por contra, recuperar el antiguo camino de Corbera a Can Rafel por la Font de la Figuera puede haber sido un acierto, aunque, al tener que afrontarlo, ya cansados, al final del recorrido y ser tan pedregoso y de pendiente tan pronunciada, habrá dado  problemas a más de uno. Por otro lado, difícilmente se mantendrá abierto más allá del próximo invierno. Ojalá me equivoque.
  En todo caso, éxito de público y crítica, como se suele decir. La Cinc Cims de 2011 reunió algo más de cien ilusionados senderistas dispuestos a probar, los unos, si eran capaces de hacer los 27 km que anunciaba el cartel (en realidad fueron 25), los otros a llevar su ritmo al máximo y tratar de llegar en los primeros lugares, si no en el primero, y, por fin, los que, simplemente, querían caminar, disfrutar del paisaje y pasar una mañana agradable, solos o, la mayoría, acompañados de amigos y/o familiares. Eso, los senderistas de las siete de la mañana, pero no olvidemos, aunque fueran unos pocos, a los corredores que salieron a las ocho, que nos dieron una hora de ventaja y a las 8,45 ya comenzaban a adelantarnos. Ellos, verdaderos monstruos, dicho en tono cariñoso, son de otra especie: 25 km de senderos de montaña, pedregosos, de perfil rompe piernas y 1000 m de desnivel acumulado, en más o menos tres horas… Qué quieren que les diga, a mi me parece una auténtica hazaña.
  Comenzamos, de noche, saliendo de la plaza de la Iglesia en dirección a Can Xorra, amontonados y ocupando toda la calle. Así continuamos bajando hacia Can Masega para cruzar la riera de Corbera por la pasarela que hay sobre la misma, allí ya en fila de a uno, obligados por el sendero estrecho que conecta con el escueto puentecito. Después, pista ancha y buen camino, que sube zigzagueando hacia el turó del Beco, aún a oscuras, que menos mal que la señalización era muy buena y destacaban las flechas colocadas en lugares estratégicos. La pista, encerrada entre pinos y encinas hasta que, ya llegando a las Roques Roges, se abre y permite ver por detrás, hacia el este, la salida del sol e, incluso, el mar iluminado por la luz del amanecer. Después, ya día pleno, entramos en el asfalto de la urbanización de la Creu y comienzan a adelantarnos los atletas.(¡Qué tíos, qué manera de correr pendiente arriba!). Luego, el depósito de agua y la Creu, con el primer control al lado del mojón-punto geodésico y bajo la torre de vigilancia. Como yo era el último, Mª Àngels, la controladora, se vino conmigo y, juntos, continuamos hacia el siguiente control, en la Roca Foradada, esquivando, ya he dicho, Can Cases, caminando, en cambio, bordeando los patios traseros de las torres de aquella zona. En la  Roca, siguiente control, nos esperaba la Roser. Unos minutos contemplando el extraordinario paisaje, unos comentarios sobre la gente que ya había pasado por allí, recogida de los útiles de control, unas fotos de recuerdo y los tres juntos a caminar hacia  el primer avituallamiento, ya en la urbanización Safari. Aquí los senderos, antes de tierra roja, se tornan blancos de tierra caliza. La vegetación sobre todo coscojas (garric) y arbustos rastreros.
  En el avituallamiento, con Josep de responsable, nos encontramos bastante gente almorzando. Habían llegado antes que nosotros pero no tenían prisa y estiraban el momento de descanso. De modo que nos pusimos cómodos, tiramos de bocadillo, porrón de vino, cerveza, agua, chocolate, mandarinas, café… Un lujazo.
  Y de nuevo a caminar con Mª Àngels, hacia el Forrellac, por la pista ancha que nos hubiera llevado directamente al Puig d’Agulles. (En todas las ocasiones que he hecho esta caminata he tenido la tentación de obviar el Forrellac y subir directamente al Puig) Llegamos a la cima subiendo por el sendero estrecho y pedregoso, de pronunciada pendiente que se abre paso entre las coscojas y el romero. Arriba, Silvia y su hija, Jana, controlando. También fotos, cambio de impresiones, recogida de trastes y descenso hacia la pista que lleva al Puig.
  Subimos al Puig d’Agulles por la pista que, primero tierra y después cemento, lleva hasta “la Bola”. Alcanzamos a unos paseantes ocasionales que se admiran del recorrido que ya llevábamos en las piernas. “Pues si hubierais visto a los que ya están en la Font de San Ponç” pensé, aunque no dije nada y me hice el importante.
  Con Joan Planas de controlador, el mismo ritual: fotos, comentarios, vistazo al paisaje y recogida de útiles. Después, la duda de si abandonar allí y regresar con él en el coche o, bien, continuar hasta el siguiente avituallamiento, en el Pou del Crestats. Decidimos esto último y bajamos por el camino más desagradable de toda la ruta, pendiente y con piedras sueltas, aunque, ya abajo, al final de la cuesta, se torna un bonito sendero con el piso mullido de hojarasca y  vegetación fresca a ambos lados, incluidos  abundantes madroños (arboç, cirera de pastor) con los frutos en plena maduración, aunque no vimos ningún ejemplar en el que simultanearan flores y frutos, como ocurre a veces en este arbusto.
  En el Pou dels Crestats no nos esperaba nadie, así que decidimos seguir caminando por el Cau de la Guineu hasta Corbera, Iban a ser 20 km, que tampoco estaba mal y me ahorraba la última cima y, sobre todo, el descenso, con las piernas ya muy castigadas.
Mientras, los demás subían por la pista que lleva hasta la Font de Sant Ponç, se pararían  a llenar las cantimploras, imagino, a hacerse fotos y descansar un momento. Después, a caminar de nuevo hacia Can Cases de Sant Ponç, cruzar por en medio de la masía, con cierto recelo por los perros sueltos, y, después de dejar atrás el olor a oveja de los corrales, continuar subiendo hasta la zona de los juegos de guerra y pasar con alguna prevención entre los comandos, porque tanto los uniformes como las armas parecen de verdad.
  Más adelante estaban los voluntarios en espera de intervenir si había alguna incidencia, que alguna hubo, aunque sin importancia y, a continuación el control del Puigmontmany, con Montse Olivella de controladora y animadora de los que iban llegando, satisfechos porque era la última cima. Después, el Mirador con sus impresionantes vistas y se comienza a bajar por un camino muy escarpado y, ya con las piernas bien castigadas, saltando de piedra en piedra. Luego, de nuevo pista forestal, los campos de golf, el hotel de Can Rafel, las calles asfaltadas de la urbanización, la Font de la Figuera, el nuevo camino hacia los huertos y, por fin, la calle de San Antonio y el control de llegada. Allí los vítores a los que llegaban, las sonrisas, los diplomas, los comentarios de unos y otros, la satisfacción de haberlo conseguido, más fotos…
  Una estupenda caminata para recordar.