Al Roc del Àliga.- La crónica

Éramos algo más de cincuenta. La mañana estaba fría y se agradeció que la caminata comenzara media hora más tarde de lo habitual y que el cielo, limpio de nubes, permitiera que el sol de otoño nos acompañara desde el principio. La primera parte del camino, hasta la Palma, transcurrió, paralela a la

carretera, por la base de los acantilados de El Mirador. Oímos que nos saludaba alguien desde lo alto. Dijeron que era MartaG que, como ahora no puede acompañarnos, se asomaba a vernos pasar. Ya en las cercanías del pueblo, cruzamos el asfalto, nos adentramos en dirección a Can Vía y continuamos por el camino de la riera hacia la Font del Marge. ¿Visteis lo limpia y bien cuidada que tienen toda esta zona? Después, bordeando los huertos, llegamos al puente viejo que hay a la entrada de La Palma. Allí la riera forma una espectacular poza que, si vas en automóvil por el puente nuevo,  pasa inadvertida.
Después cogimos el camino del Cementerio y subimos hasta bordear la Pedrera. Pasamos al lado de una cueva artificial que, probablemente, sería el polvorín de la cantera y, luego, por encima de la urbanización de La Magina, continuamos hacia Pallejà.  Después de avistar el Noviciado de la Divina Pastora, ya a las 10,30, con algunos quejándose por la tardanza, paramos a almorzar en un merendero. Había mesas, bancos y zona de esparcimiento infantil, pero aquello es diferente a lo que vimos al pasar por La Palma. Aquí, a pesar de las papeleras, abundan las bolsas de plástico y papeles en el suelo. Y hasta bolsas de escombros.
Pero qué bien se estaba al sol de otoño.
Bajamos después hacia Pallejà y caminamos entre callejuelas de casitas bajas, aunque también pasamos ante una magnífica torre modernista. Después, la Font del Carinyo, que seguro que ha conocido mejores tiempos. El lugar es parte de lo que debió de ser un plácido y romántico jardín. La fuente está en un estado deprimente, pero aún se puede leer una leyenda en el frontal de cerámica: “La Señora Da. Mercedes Bonastre d… prodigaba sus bondades como la fuente da el agua, generosa y mansamente”
Tengo que confesar que tanto el nombre, Font del Carinyo, como la leyenda, desde que, hace años, la vi por vez primera, me han sugerido (mea culpa) que el paraje pudo ser lugar de encuentros clandestinos de esa señora. Le pido disculpas por mis maliciosos pensamientos, fruto, quizás, del escepticismo que me ha ido llegando con la edad. Lo cierto es que, al parecer, la fuente fue construida y abierta al público por la susodicha dama, en agradecimiento por haberse repuesto de una enfermedad grave descansando en Pallejà.
Después de hacernos la foto de grupo allí mismo, situados alrededor del estanque circular (algún fotógrafo se ha quejado de que tenemos poca paciencia y no posamos el tiempo suficiente) continuamos la caminata y nos dirigimos, pasando cerca de la Font de Les Rovires, hacia ese paraje de cuento de hadas que los Moderats conocemos como el Llac Blau. La pendiente es importante y en algunos momentos requiere ayuda, pero es uno de los tramos más bonitos de la caminata. Y eso a pesar de que los moteros tienen muy castigado el camino. Ya en la zona del Llac Blau, los distintos remansos tienen mejor aspecto que cuando hicimos la Ruta del Aigua hace unos meses, pero aún así no es lo mismo que antaño. Las ninfas y las náyades han emigrado; ya no es lugar para ellas. Y, además, un gran tronco de un pino derribado por el viento está sumergido en el embalse que da nombre al lugar. Quienes trocearon el pino podrían haberlo sacado de allí, digo yo.
Después de esto continuamos la ascensión, cambió el paisaje, que de sombrío y húmedo paso a seco y pedregoso.  Nos encontramos con una partida de caza que supuse de jabalíes, pero que, al preguntarle a un cazador, resultó ser de pobres palomas torcaces. Pues para eso no hacía falta vestirse con aquellos ropajes cuasi militares. Parecía un rambo.
Y llegamos y nos asomarnos al Roc del Àliga. Qué buena vista hay allí.
Por último, de regreso, después de pasar por Socies y una última subida, entramos en la urbanización de Cases Pairals, asfalto y más asfalto. Y otra vez bolsas de plástico y papeles por todas partes hasta llegar al punto de partida, en el Instituto.
Estuvo bien la caminata, a pesar de ser más larga de lo anunciado, (17,3 km en lugar de 12), variada y amena.
Y magníficamente dirigida por Cristina y Patrick, que se la curraron.